Estoy varado en el tiempo, en un balsa arrastrada por el oleaje. El sol me pega, y me tuesta, apenas llevo agua, estoy muy tranquilo. Unas aves me sobrevuelan, la costa ha de estar cerca, pero hace días que no la veo. Quizá esperan a que me muera esta jodidas gaviotas, para sacarme lo ojos como quien se come un caracol. No esperaré a comprobarlo, antes me como yo la balsa a bocados y me voy buceando. Hay un bar aquí abajo, en el fondo del mar poco profundo, al lado del coral. Ponen un batido de algas que resulta rejuvenecedor y dicen que dota al semen de una textura más elástica incluso eléctrica.
El caso es que yo me construí esta balsa para escapar de algo, pensando en salvarme, escapar de algo que me angustiaba y me impedía vivir como mi cuerpo me pedía, como me lo pedían los rayos del sol. Ahora ya no recuerdo bien, se han dispersado las ideas dentro de mi. Ya no distingo bien, asimilé demasiadas cosas, no pude controlar el desarrollo de los acontecimientos. No siempre hace uno las cosas bien, y a sabiendas de esto tampoco aprende uno todo lo que pudiera de las situaciones. Bajo la asunción de que volveremos a cagarla, esperamos a que suceda, nos acercamos a la montaña de caca nosotros mismos, para repasar su olor, forma, textura, volumen. Sé que me entendéis, incluso los que no me miráis. No podía estar por mas tiempo en ese lugar.
Llegados este punto no sé por donde seguir, algo me dice que debo tomar una decisión, y solo dejo que las cosas sucedan, tengo mi cuerpo utilizando las reservas de energía, mi pasividad es total. El sol sube y al rato vuelve a bajar. Yo apenas he cambiado mi posición, sigo aquí dejándome tostar por él. Sé que está en juego mi salud, pero igual que tú no me quieres escuchar y entender, yo no quiero hacerlo con ella. Soy un cabezón y estoy perdiendo demasiada energía, si continuo por aquí, verdaderamente llegaré al punto que quería evitar. Necesito agua fresca.
Lo que me ocurre realmente es que no me siento capaz de manejar a mi antojo la realidad, y esto después de haberme armado de valor para construir esta balsa y lanzarme. Me aplastan mi propios proyectos. Una vez contraídos los músculos mi mirada se vuelve incandescente, abrasadora; así me vuelvo una masa informe y ardiente. Si tú no me tocas no te quemaras, yo no puedo moverme por mi mismo, solo bajo el influjo de tus reacciones. Aquí estoy en mi balsa, las olas me zarandean y de cuando en cuando cambio de posición esquivando las salpicaduras frescas y saladas.
Me entra hambre, mi realidad es muy estrecha, muy limitada, se acaba demasiado pronto. No quiero que se acabe aquí, pensé... no lo pensé mucho, no muy a fondo, pero soñaba aun con hacer al menos algunas cosas más. No quiero acabar aquí mi partida. Seguro que en el fondo del mar hay un montones de doblones de oro, grandes monedas para echar otra partida, para ganarle el pulso de nuevo a la muerte.
En mi desesperación me he puesto a chuparme un dedo, se me ha pasado fugazmente la idea de morder a mi presa y arrancarla de cuajo, de mi propio cuerpo. ¡zum! Vuelve a pasar vertiginosamente, el sol empieza a moverse como un péndulo sobre mi cabeza, mi cerebro esta hecho papilla burbujeante, lava incandescente.
Y muerdo, grito como un cochino y escupo. Me he arrancado el anular, me he quedado muy delgado, tantos días en esta posición. El dedo era puro hueso, la verdad es que no me duele mucho, los rayos del sol cauterizan mi herida, debe estar el ambiente a unos ochenta grados. No recuerdo de que huía pero, no creo que fuese del calor, el que tengo yo ahora mismo es criminal. Si consigo sobrevivir a esta peripecia en la que me he metido, a mi vuelva a tierra, hablaré con las naciones, este calor es inaguantable, me indigna sufrir estos percances tan poco deshonrosos en mi odisea vital.
Siempre creo que avanzo, se forman espejismos nebulosos en el horizonte y creo ver que me acerco, sueño con acercarme, cambiar mi situación. Y siempre me alejo, solo puedo divisar, eso es lo más cerca que puedo estar de mis deseos. Puedo observarles como animales en el zoo, pero no puedo cumplirlos, no puedo irme a la selva dionisíaca con una jauría de animales salvajes a mis espaldas, todos en pelotas, votando lo genitales y las pechugas.
Ahora, acabo de despertarme, no se si esta subiendo el sol o bajando. Estoy varado... aun tengo esperanza, el mundo es muy pequeño, alguien pasará por aquí. Ahora recuerdo, he estado soñando mientras dormía. Tengo imágenes difusas en la cabeza, me vienen lágrimas a los ojos. Recuerdo, grandes peces espada saltando alrededor de mi balsa, haciendo una danza, un cortejo, aislándome de las corrientes marinas y conduciéndome a mejores lares, más aptos para la vida de alguien a quien prometieron tantos tesoros en la vida. Es larga la historia de cómo llegué a esta situación, y no es que no recuerde por qué estoy aquí, no quiero recordarlo, quemé la herida. Mi cerebro es como una pasta de leche y galletas reblandecidas, no puedo ir muy lejos con este cuerpo. Parezco el típico extraterrestre que uno espera que invada la tierra, y todos los días mirando al cielo, pidiendo que caigan naves espaciales. Así pasé yo la adolescencia, sino naves, al menos que llovieran sapos, me habría dado con un canto en los dientes, habría dado mis dos paletas por ver llover sapos... pero en aquellas tierras nunca llovió. Era un ambiente asfixiante ¿tanto como el de esta balsa? Como mínimo puedo decir que era diferente, tenías la seguridad de poder hidratarte, antes de que el sol cayese bajo el horizonte, yo llevo semana y media sin probar otro líquido de mi propio sudor y saliva.
La realidad está aquí, ante mí, siempre la misma. Debo poder modificarla, debo medir mi poder para controlar mi vida, mis decisiones tienen consecuencias, y motivaciones, he de hacer caso a lo que me dice mi intuición, he de poner en marcha mi cerebro, detener el hervor que lo consume.
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