viernes, 7 de octubre de 2011

the pretentious

Asumo la dificultad de que se me entienda, y sobre todo asumo que no me quieren entender. Asumo que las palabras me esclavizan, y aunque se dice que el viento se las lleva en ocasiones elevan o se graban a fuego, en algunas personas, como en la madera. Es entonces cuando pueden acusarte de aquellas intenciones de que demasiado claras dejaste. Y puede que hoy haya cambiado de opinión y no me convierte ello en un hipócrita. El que vive constantemente pendiente de su integridad tiene un problema, tiene la necesidad permanente de juzgarse, de querer moverse dentro del marco moral que él mismo, a través de los otros, se ha asignado. Es lo mismo decir que es un necio.
El mal es bueno, porque nos libera, nos enseña límites, tanto cuando nosotros los llevamos a cabo, como cuando lo sufrimos proveniente de los demás. De todo se aprende si no tienes el cerebro seco.
No siempre las cosas salen bien. Pero ahora sé, igual que antes ya sabía aunque con menos capacidad de creer, que todo es superable mientras mi sangre siga fluyendo dentro de mi. No es malo el mal, malo es el miedo al mal. El miedo, raíz, origen esquizofrénica de toda vida en común de los humanos, está, al menos en mi, destinado a morir. Sobre todo, a morir antes que yo. En consecuencia, voy a estar vivo sin miedo, y eso, a cualquiera, lo reconozca o no, le sonará a mito, a falsedad. Un imposible. Pero yo, no tengo límite, y estoy tan seguro de poder, que sé, que a pesar de ser mortal como cualquiera, no puedo morir. Y si muero, será solo para los demás, nunca para mi.
Estar aquí, en esta ciudad, capital del país en que he nacido me ha enseñado y me está enseñando cientos de cosas que voy asimilando con el tiempo. El año pasado pretenciosamente me aventuraba a escribir que ya no tenía casi nada que aprender. El año pasado, sufrí un cambio drástico en mi configuración interna, cósmica, y de un momento a otro, igual de limitada que infinita. Hoy, meses después, entiendo lo que entonces sencillamente vomitaba sin ser capaz de reflexionar. Lo que antes era una intuición, es ahora una evidencia.
No he contado nada aun, y puede que muera sin encontrar el reconocimiento de mis semejantes, lo que no me achanta, porque aprendí de algún que otro gigante, que no hay que escribir más que para uno mismo. Y en mi caso, como en tantos otros hijos de puta del calibre del mio, asumo que mis prójimos o están muertos, o no han nacido, o no nos podemos reconocer por altivos y vanidosos cuando nuestras auras coinciden en el mismo espacio.
Me dedico por ahora simplemente a lanzar palabras al aire. Siento como si aun estuviese limpiando el trastero de mi casa. Llevo acumulando cosas mucho tiempo, y no me pondré aquí a hablar de mi infancia, porque aun no soy lo suficientemente viejo para recordad esas cosas. Dicho de otro modo, en mi trastero, la infancia está representada por aquellos objetos que más polvo tienen, que se encuentran cubiertos por otros miles de cacharros inservibles que en mi están encerrados.
Quizá, conforme vaya sacando cosas, limpiándolas, abrillantándolas, vaya también recordando. Sobre todo no tengo prisa, no quisiera formularlo como suelo hacerlo a pie de calle, para dejar algún sabor a quien tenga la oportunidad de ver en directo. El caso es que sé que soy Sancho Panza, que voy montado en un bonito burro, tan suave y peludo como Platero, que observo las andanzas de las grandes mujeres que danzan a mi alrededor. Y sé que como hombre, solo me enorgullezco de mi cuerpo extraño, y que mi mente traspasa o quiero que así sea (para ser siempre sincero), los tópicos sociales que colocan a cada cual en un bando. Y en todo caso, si soy hombre, eso no me aleja del género opuesto, sino que me acerca, me completa, por eso desprecio a los hombres, porque la mayoría no solo no me completa, sino que quieren destruirme. Y las mujeres, me aman, me respetan, y me estimulan. Me escuchan e incluso, las más estrechas, tanto de piernas como de mente, me odian. Y sé, que el odio, es de los mayores piropos que aun pueden echarle, porque implica la atención más enérgica de otro sobre uno, lo cual empequeñece y ridiculiza al primero, y eleva y potencia al segundo.

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